La realidad de las cosas no siempre es evidente a primera vista.

martes, 7 de octubre de 2008

¿Y tú, qué tan delincuente eres?

Saber porqué una persona opta en su vida por el mal (¿si no tuvo otra opción?) o porqué trasgrede los límites naturales o artificiales que en la sociedad en que vive es una aspiración tan antigüa como la misma humanidad en tanto hubo actos de conciencia sobre la naturaleza, la necesidad y la artificiocidad de las relaciones sociales.

Para algunos quedó superada la explicación de que todo el ser humano tiene una "tendencia" natural al o a la violencia y ello explicaría los casos de violencia extrema que de pronto se suscitan en el plano interpersonal y acaso en los grandes sucesos de violencia colectiva y masiva con tremendos y dramáticos resultados que marcan la historia de la humanidad. El mal y la violencia destructiva no están en el "alma" ni en la "naturaleza" humana; de serlo así, probablemente media humanidad ya hubiera matado a la otra mitad y los sobrevivientes hubieran sostenido una batalla sin cuartel contra sus semejantes hasta de plano desaparecer al último de los mohicanos humanos en este planeta. El temor y el horror de la guerra fría y la amenaza latente de la bomba atómica en las manos equivocadas pulsando el botón rojo detonador no es ciertamente un factor que cuestiona esta hipótesis. El caso es que (Santiago Genovés y amigos dixit) es muy probable que la violencia y las tendencias al mal (punto a dirimir a petición de parte) por el humano sean factores conductuales construidos, artificiosos y generados en el torbellino cultural humano. ¿Será? Ha llovido algo desde "expedición a la violencia" de Santiago Genovés, pero no he escuchado argumentos sólidos que prueben las sospechas esbozadas en ese excelente trabajo difundido ampliamente por televisión en su momento.

Partiendo de esta simple idea, dirigidos los pensamientos al sector declarado "delincuente" en la sociedad, es probable clasificar al menos tres grupos (puritita intuición a manera de botana):

Grupo 1) quienes sufren de daño cerebral grave y de su gusto se cenaría al prójimo (escoja usted el modo: tantos como individuos en esta forma) incluyendo gente peligrosa, sin sentimiento de compasión alguna y que aparente incluso inteligencia en su imagen.

Grupo 2) delincuente ocasional, travieso y errático; sin previsión por el futuro y que vive el día a día; una travesura lleva a otra y que aplica todos sus recursos para delinquir y no ser atrapado (menos morir) en el intento. Conducta y sentimientos trastocados, infancia infeliz, nadie le enseñó los límites... Aquí estaría una gama sumamente amplia, desde traviesillos intrascendentes (incluyendo tirar la basura sin misericordia en cualquier lugar, escupir en las alfombras o alguna perrada guarra y sin recato alguno) hasta los delincuentazos especializados y clasificados en el argot policial ordinario: carteristas, conejeros, boqueteros...

Grupo 3) delincuencia organizada. Aquí la moral, las políticas públicas y todas las teorías policiacas, de prevención y atención al delito tienen una sublime oportunidad de explicar y actuar en consecuencia. Las posible aplicaciones de cienca y tenología sobre el particular (y los restantes grupos) son nítidamente explicados incluso en series de televisión que son bien recibidas por la teleaudiencia.

El punto es ¿y dónde están los científicos, los profesionales y la gente cuya vocación ha servido a la causa de la seguridad pública y el derecho penal en este país? Si andan por ahí, me gustaría ver con más nitidez los resultados de su aportaciones.

Nada esperanzador se pinta el panorama en el México del siglo XXI ante el poderío de ciertas bandas delincuenciales en sus diversas áreas: narco (todas sus variantes) secuestro, robo, extorsión y amenaza, tráfico de órganos y personas, sin olvidar a la delincuencia de cuello blanco... Preocupa también que a situaciones grotescas y el desempeño de ciertos esperpentos delincuenciales en lo personal o en lo grupal luego resulten propuestas y respuestas de parte de algunos sectores públicos y sociales que resultan igualmente esperpentos y guarros: "que se haga valer la ley rompiendo la ley, a ver si se acaba esto pronto..." Lo que parecen no darse cuenta quienes soportan esta propuesta es que tal proceder genera mayores problemas de aquellos que se pretende resolver. Adicionalmente, suena muy filosófico e incluso religioso de la tradición cristiana, pero tiene su núcleo bien fijado en la naturaleza humana: vencer al mal con el bien. (algunos la traducen "vence al mal, a fuerza del bien" Esta es una semilla: póngala en condiciones propicias y se podrá ver qué puede dar. El punto es procurar no deshumanizarse en la lenta, dolorosa e incomprensible (muchas veces) lucha contra el mal en la sociedad en sus diversas versiones.

Algo parece que se movió (para mal o para bien, es difícil ponderarlo ahora: parece más para mal.. saber) algo en el plano de la delincuencia en México de 2007 y lo que llevamos de 2008. Una de dos, o la delincuencia desbordó la casa o quien ejerce las funciones de policía y castigador (el factor de la ley y el orden) se nos apendejó y está perdiendo la batalla y su función. Habrá quien sostenga que lo que se rompió fue un pacto entre gobierno y delincuencia y lo que vemos son los efectos de este divorcio más o menos confuso de intercambio de parejas (policías y delincuentes) Es una probabilidad.

A donde lleva el hilo de esta pequeña reflexión es a preguntar ¿y porqué creció tanto el niño? ¿Fue acaso la lechita que le dieron papi y mami en su tierna infancia? ¿alguna vitaminita adicional que le proveyeron? Algún día debió haber nacido esa cosa; es difícil pensar que haya nacido ya convertido en todo un Mozila así de grandote, prietote y feroz desde el mero comiezo si es que hubo tal. Esa otra hipótesis causa su buena dósis de terror: Mozila, King Kong y el peor mostruo de sus pesadillas (vulgo delincuencia) está de íntimo con el factor gobierno... sin contar los tremendos recursos de que llegó a hacerse para operar.

¿Quién podrá hacer algo al respecto? Seguiremos informando (¿seguiremos, kimo sabi?)

Vale.

Excursus. Leve desviación del camino para una meditación sobre la tradición cristiana: algunas personas incurren en una tentación que suena impactante como recurso literario y dramático pero que termina extraviando la meditación piadosa: se reclama a Dios porqué permite el mal, o porqué, ante ciertos actos de barbarie de algunos humanos pareciera que Dios guarda prudente silencio, abandonando a la víctima y practicamente queda Dios como un funcionario de las olimpiadas que cuelga medallas al malo, al asesino, al explotador, al desponjante injusto por dejarlo seguir vivo. No tendría la respuesta precisa y contundente, pero creo que es reclamar en la ventanilla equivocada. Es preciso resolver las cosas de la tierra con lo que tenemos a la mano (inteligencia, primordialmente) antes de recurrir a figuras retóricas que desgastan y terminan desanimando los mejores esfuerzos. Desde una interpretafción de la tradición evangélica, me quedo con la explicación de que Dios está del lado de quien subre las injusticias e incluso él mismo parece sufrirlas (si fuera el caso de este antropomorfismo que habrá qué precisar en su momento) que apoyarlas. La versión de que el Dios padre en la tradición cristiana evalngélica manda su hijo al matadero habría qué hacerle algunas acotaciones tomando en cuenta la tradición milenaria del judaismo y esas costumbritas humanamente bastante primitivas de pretender interactuar con la divinidad a punta de sacrificios, sangre, incienso y demás costumbritas; querer meter este factor cultural sin mayor criba con relación a la experiencia de Dios al ritmo de la historia (me parece) es negar el empuje de la historia como un proceso de menos a mayor humanización. Saber.

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